El movimiento lento construye la coordinación

El movimiento lento construye la coordinación

Después de leer el artículo de Todd Hargrove titulado Why Slow Movement Builds Coordination, podemos admitir que llega a algunas conclusiones muy interesantes sobre los beneficios de moverse lentamente para mejorar la coordinación.

Casi todos hemos creído durante años que los movimientos de coordinación (y todos en general) debían realizarse lo más rápido posible. Pero ahora que estoy en una etapa de mi vida deportiva en la que lo discuto todo, pienso: ¿Por qué? ¿Cómo mejorarán los jugadores en formación la coordinación con movimientos a máxima velocidad, si no tienen ningún control sobre sus acciones y no las realizan correctamente a menor velocidad? Según Casáis, Domínguez y Lago “es precisamente en estas edades cuando se deben de crear los patrones psicomotrices”.

El entrenamiento deportivo debe respetar los principios que hacen referencia preferentemente a controlar y asegurar la adaptación al esfuerzo, respetando las fases sensibles de cada etapa, entendiendo estas como los periodos en los que los deportistas son más receptivos a recibir determinados estímulos, por lo tanto de mayor adaptación. Es por ello que el trabajo de coordinación deberá respetar los principios y fases sensibles en el entrenamiento de fútbol, pero la coordinación forma parte del desarrollo humano ya que es a través del movimiento como nos relacionamos con nuestro entorno, así pues veremos algunas consideraciones acerca de su trabajo a través de movimientos lentos.

Una primera justificación para comenzar a trabajar la coordinación de forma lenta viene determinada por la Ley de Weber-Fechner que describe la relación entre la magnitud de un estímulo concreto y la capacidad del cerebro para discriminar las diferencias en la cantidad de estímulo, o dicho de otra forma, si se incrementa la magnitud del estímulo (la velocidad del movimiento, por ejemplo), será más difícil notar las diferencias de esas modificaciones. El ejemplo es muy sencillo. Imagina que estás en una habitación oscura con sólo la luz de una vela. Será más fácil sentir la diferencia cuando se encienda una nueva vela, que si esta se enciende en una habitación donde ya había doscientas velas encendidas. Probablemente no puedas percibir cuándo se ha encendido una nueva vela.

Esta regla sirve para todas las variaciones de percepción sensorial, incluyendo sensaciones del esfuerzo muscular. Imagina ahora que sostienes en la mano una patata con los ojos vendados y se posa en ella una mosca. No podrás percibir dicha variación, pero si se posa un pequeño pájaro seguro que sí. Si sostuvieses cincuenta patatas, no podrías percibir al pequeño pájaro, pero sí si se posase un águila, por lo que cuanto incrementas la magnitud 50 veces, te vuelves 50 veces menos sensitivo a las modificaciones de magnitud.

¿Y qué importancia tiene este hecho? Muy sencillo. Si quieres realizar movimientos eficientes debes ser consciente de la magnitud de trabajo que desarrollas. Si disminuyes la velocidad, se incrementa la capacidad para percibir las diferencias en el nivel de esfuerzo muscular, se incrementa la capacidad del cerebro para sentir y corregir cualquier exceso de potencial y esfuerzos innecesarios. Cada movimiento es la suma del trabajo de diversos músculos, así como la relajación de otros. A máxima velocidad no puede apreciarse el nivel de trabajo de cada músculo, pero a velocidades reducidas podemos sentir si hay músculos que no se relajan o que se activan más de la cuenta, por lo que podremos actuar para corregir dicha situación.

El movimiento correcto exige tener un buen mapa motor. El mapa motor es el conjunto de posibilidades de movimientos que nos permite actuar con eficacia en las demandas de nuestro entorno. En este mapa a veces existen zonas no exploradas, zonas por las que no se pasa ya que existe un miedo o peligro causado posiblemente por la falta de práctica, algún tipo de lesión, etc. Realizando movimientos a máxima velocidad, seguiremos sin pasar por esas zonas no exploradas, ya que no las conocemos, o evitaremos ciertos movimientos ya que nos dan miedo. Bajando la velocidad de ejecución, podremos explorar todos esos movimientos que nunca hemos realizado o que nos ponían tensos y obtendremos una percepción más exacta de los mecanismos por los que se desarrollan los movimientos. El cerebro, a través del mapa motor, siente y controla cada parte del cuerpo, y a través del movimiento lento desarrolla el mismo como respuesta a la práctica física y al conocimiento sensorial de los movimientos específicos de cada deporte, haciéndolo más eficiente.

Gracias a la Ley de Weber-Fechner sabemos que los movimientos lentos producen una percepción más exacta y detallada de los mecanismos del movimiento en el cerebro, por lo que el mapa motor se hace más claro a la hora de reproducirlo. Es como si utilizásemos el zoom en el Google Maps para ver con mayor definición las calles de una ciudad.

Moshe Feldenkrais, físico israelí que en su última etapa se dedicó a desarrollar la capacidad humana de aprendizaje y más concretamente del autoaprendizaje (aprender a aprender), decía que “Para aprender necesitamos tiempo, atención y discriminación; para discriminar necesitamos sentir”, poniendo de manifiesto que en el aprendizaje debe disfrutarse con el proceso así como existir una carencia de esfuerzo. El hecho de tener la necesidad de discriminar y sentir, hace necesariamente que reduzcamos la velocidad de la práctica para poder prestar mayor atención a los detalles. También decía que “Para discriminar necesitamos percibir diferencias; para percibirlas necesitamos aumentar la sensibilidad”, por lo que queda clara la idea de que en el proceso de aprendizaje es necesario realizar movimientos simples y lentos, así como pensar en ellos mientras se está ejecutando.

Con la falta de práctica de diversos movimientos, no sólo difíciles o potencialmente peligrosos sino también cotidianos, ya sea por inacción o debido a lesiones, enfermedades o por el envejecimiento, comienzan a desaparecer los patrones del mismo, haciéndose más pequeñas las zonas seguras y familiares de nuestro mapa motor, con el consiguiente debilitamiento del Sistema Nervioso Central (que es el responsable de la supervisión y control de activación de todos los sectores del cuerpo humano) y la reducción del rango óptimo de movimiento articular (ROM). Esta amnesia sensorial motora es un problema ya que llega a ser una zona perdida en el mapa de movimientos, y para volver a alcanzar el ROM deseado, tendrá que hacerse de forma lenta y prestando toda la atención, ya que ningún movimiento rápido activará las zonas que llevan tiempo evitándose.

Este tipo de problemas ya se ven en jugadores principiantes de fútbol base. Si se observa un calentamiento se verán ejercicios en los que los movimientos recortan el ROM de numerosas articulaciones, movimientos de coordinación a alta velocidad con un déficit importante del nivel de calidad de ejecución del mismo (a veces son más bien ejercicios de descoordinación), tareas en las que no se presta la debida atención para mejorar el aprendizaje. No se discrimina y no se siente, por lo que el aprendizaje no estará teniendo lugar o, como mucho, se estará produciendo por defecto y sin intención.

Llegar a ser más coordinado es una forma de reconectar los circuitos neuronales que controlan el movimiento, en un proceso llamado Neuroplasticidad, que es la capacidad del cerebro para cambiar. Según Michael Merzenich, la atención y la conciencia son las condiciones previas principales para que se dé la neuroplasticidad, o sea, podemos realizar mejor una actividad si se presta más atención mientras se hace. El movimiento lento puede ayudar a la capacidad para prestar atención a lo que se está haciendo mientras se está haciendo.

Esto, además, está relacionado con la complejidad e incertidumbre que se produce en deportes como el fútbol, en los que nunca una situación se repite a otra, por lo que cuanta mayor sensibilidad tengamos para aprender y discriminar, mayor será la capacidad para adaptarnos a las demandas y exigencias específicas del deporte. Parlebas lo llamaba contracomunicación motriz, y según Lago Peñas hace referencia a la existencia de una relación de oposición que obligaba al jugador con la iniciativa del juego a combinar sus habilidades y movimientos en función de los realizados por sus compañeros y adversarios.

Es curioso que la mayor progresión en la educación del movimiento se produzca en los primeros años de vida, momento en el que los movimientos son muy lentos y exploratorios.

Y también lo es que los levantadores de peso realicen largas sesiones de entrenamientos para mejorar su técnica levantando un simple palo de escoba. Lo esencial es llegar a realizar los movimientos sin necesidad de una preparación adicional, debe ser lo más innato posible.

Está claro que cuando nos dirigimos a la competición, no cabe el movimiento lento, pero si queremos que nuestros deportistas sean los mejor adaptados a su entorno y a las demandas que este les exige, deberemos comenzar la iniciación deportiva con movimientos lentos, y no sólo ésta, sino cualquier momento en el que comprobemos que existe una limitación del ROM de alguna articulación o zonas no exploradas u olvidadas.


Víctor José Borrego Jiménez.
Licenciado Ciencias Actividad Física y Deporte. Universidad de Sevilla.
Diplomado Especialista Educación Física. Universidad de Huelva.
Entrenador Nacional de Fútbol. Federación Andaluza de Fútbol.
Profesor de Técnica. Escuela de Entrenadores. FAF – CEDIFA.
Entrenador de La Academia. Málaga CF SAD.

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